Y ocurre igualmente que los productores de obras geniales no son aquellos seres que viven en el más delicado ambiente y que tienen la más lúcida de las conversaciones y la más extensa de las culturas, sino aquellos capaces de cesar bruscamente de vivir para sí mismos y convertir su personalidad en algo semejante a un espejo, de tal suerte que su vida por mediocre que sea en su aspecto mundano, y hasta cierto punto en el intelectual, vaya a reflejarse allí: porque el genio consiste en la potencia de reflexión y no en la calidad intrínseca del espectáculo reflejado. El día en que el joven Bergotte pudo mostrar al mundo de sus lectores el salón de mal gusto en que transcurrió su infancia y las no muy divertidas conversaciones que allí tenía con sus hermanos, ese día se puso por encima de los más ingeniosos y distinguidos amigos de su familia, los cuales podrían muy bien volver a sus casas en sus magníficos Rolls-Royce, con cierto desprecio por la vulgaridad de los Bergotte; pero él, con su modesto coche, que por fin había «arrancado», marchaba muy por arriba de ellos.
— Proust, A la sombra de las muchachas en flor, I, traducción de Pedro Salinas. (via estuarios)